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Dame el otoño si apagué la llama urgente
de un sueño atado al cinturón de la caricia
y la ansiedad cual penitencia eternamente
si es que el deseo me robó la maravilla.
Dame la prisa de un olvido no anhelado
si no hubo beso que venciera lo azaroso
la maldición de un golpe bajo en el quejido
el sollozar de cuanta estrella atrapa el ojo.
Dame la luna para atarle los suspiros
que no lograron trascender la ventolera
una sonrisa que devore la nostalgia
y que derrumbe indiferente primaveras.
Dame el castigo de una noche de aguaceros
y unas ventanas desafiando el aire frío
para arriesgarle la ilusión a otra quimera
sin el influjo de lo ajado y lo perdido.
Dame esa mano que arremeta contra todo
lo que me huela a castidad y a cama limpia
un contrabando de quietud y desamores
que me sorprenda a cada vuelco de la vida.
Dame un océano de cruces y miserias
donde aliviarme de un recuerdo desmedido
un horizonte de mentiras y cadenas
por cada gesto que reniegue de mí mismo.
Dame el azar para que invada los dominios
de un corazón ya corrompido y polvoriento
porque le sobran al amor y a los caminos
los corazones corrompidos y polvorientos.
Y
dame al fin, la sombra triste que en lo oscuro
sin más piedad deja la luz sin voz ni dueño
por qué le estorban claridades y ternuras
a un torpe tipo avasallado por los sueños.